Atilio abre sus piernas más allá del ancho de los hombros. Hace cuatro o cinco movimientos en la tierra con el pico y vuelve a la postura inicial.
De pronto, la figura de Atilio, que tiene puesto un sombrero de ala ancha con una tela que le cubre la nuca, se parece a un espantapájaros.
Pero el que se espanta soy yo. No sé por qué. Me impresiona el parecido.
El hombre tiene las piernas abiertas, la espalda erguida y viste ropa percudida por el sol y amarronada por la tierra. Repite los movimientos y también la pausa, volviendo siempre a esa postura tiesa, que me hace confundirlo con el espantapájaros que está a unos cincuenta metros.
Apoya las dos manos en el pico y se queda quieto, para descansar el peso de su cuerpo en la herramienta. Esa paciencia me parece tan lejana; quizá ese es el origen de mi estupor.
Pienso que la escritura es a mi mente lo que el pico es al peso de Atilio cuando descansa sobre él.
Atilio es la persona que le ayuda a Lalo en las tareas de campo. Lalo Barber trabajó muchos años en el Servicio Geológico Nacional y hoy dice que está "becado", una ingeniosa manera de nombrar la jubilación.
Su espacio se llama Eureka y está ubicado en Huacalera, uno de los pueblitos de la Quebrada de Humahuaca. Es el lugar que todo viajero quiere encontrar. Lalo tiene su casa y cerquita un "granero" que es donde paramos los viajeros.
Hoy organiza la agenda de visitas a través del sitio Couchsurfing, una plataforma de anfitriones que hospedan gratuitamente a personas que viajan. No obstante, Lalo abrió sus puertas mucho antes de la existencia de esta web.
"Han pasado más de mil y me sobran los dedos de las manos para contar las malas experiencias"
Es un hombre que con la primera mirada ya te saca la ficha. Un alma generosa que insiste en este tipo de intercambio, porque dice que "no sería la misma relación" si mediara el dinero.
Es geólogo y oriundo de Tucumán. Me repite: "cualquier cosa que necesites, avisame". El sigue con su día, dándole de comer a las gallinas, organizando alguna cosa. Tiene la leña cortada del mismo largo, un orden que transmite paz. Él dice que en la vida hay que jugar, y él ahí juega.
"Esta vida la armé cuando era niño". Ahí, cuando jugamos a todo. Me cuenta que siempre supo que quería una casa en donde pudiera hacer todo lo que hoy hace.
Me sorprende la visión que tiene sobre su rol en esta tierra, en Huacalera. "Yo digo que cuido acá. Es un truco para que se me haga más liviano esto".
Mi paso por Eureka es la antesala a una estadía larga en la Quebrada de la Huerta, una zona de Huacalera que voy a habitar por unas semanas, esperando que pasen los días más fríos y jugando a ser refugiero.
Lucas, Romi y el pequeño Uriel me confían su hogar, un refugio precioso al pie del Cerro El Rosado y frente a un antiguo Pucará. Es un sitio sagrado y la historia se manifiesta.
De pronto mi viaje entra en una etapa de quietud y me nutro de este entorno, uno de los ambientes naturales más hermosos que he conocido, donde se puede tomar el agua del arroyo.
Es el agua de la puna que viene bajando.
De repente, mis días transcurren en soledad. Descansa la bici y yo aprovecho para amasar, barrer y todas esas cosas que no hago cuando estoy en viaje. Hasta me animo a pasar a tierra cuatro cebollas que se brotaron en el cajón de las verduras.
EL SOL, ANTÍDOTO DE SÍ MISMO
La cumbre del Rosado está a 3350 msnm y me tienta subir. Lo hago por el camino que usan los sikuris cuando bajan en peregrinación, pero subestimo el entorno y empiezo la caminata demasiado tarde. El sol de la siesta me encuentra arriba.
Murcio es el perro del refugio y me acompaña. No me doy cuenta de llevar agua extra para él y le comparto de la mía. Segundo error. Llevar poca agua.
En la cima, apenas hay unas pircas para hacer reparo, pero el sol pega de lleno y las sombras son más chicas que mi cuerpo.
Empiezo a moverme lento, me da sueño, se me caen las cosas de la mochila. No encuentro la lapicera ni el celular.
Espero que se hagan más cuatro de la tarde y bajo. Pensando por qué tomé todas esas decisiones, ni que fuera un novato subiendo cerros. Pero no estoy en las sierras de Córdoba y El Rosado no perdona.
Esa fue mi bienvenida al sol del norte. Tres días de fiebre, insolado, sin poder caminar los cuatro kilómetros que separan al refugio del centro de Huacalera. Mis vecinos, Alfredo y Clara, me abastecen de víveres porque no puedo ni asomarme afuera.
Entrada triunfal a la Quebrada de la Huerta. Este sitio alguna vez fue una gran finca y por eso hay frutales y se acostumbra a sembrar lo de esta zona. Maíz, haba, cebolla.
El lugar invita a la introspección, pero también a la actividad. Me dan ganas de podar los frutales, regar las plantas y hasta me embarco en la dura tarea de destrabar el paso del agua que viene de la acequia, trabajando a pico y pala con piedras no muy livianas.
CASI SE ME ROMPE EL CORAZÓN
Después de varias semanas estacionado, es momento de seguir viaje. Voy a encarar la puna jujeña, pero antes decido hacerle un service a mi bici. Cuando estoy en el local que me recomendaron en Tilcara (a unos 15 kilómetros de Huacalera), mientras le explico al mecánico lo que necesito, veo una fisura en el cuadro.
En el momento minimicé el problema pensando "todo tiene solución", esa mítica frase que nos sirve de curita con pervinox para el alma en una urgencia emocional. Pero no era una pinchadura, ni una cubierta reventada, ni una llanta deformada. No hay repuesto para el cuadro y solo un soldador con experiencia puede animarse al aluminio.
Pero estoy en Tilcara y es domingo. Así mismo, lo intento. El chico me habla de un tal señor Pérez que solía trabajar ese material. Me dice donde es su casa y voy. Es al lado de la cancha donde hoy juegan un partido de fútbol femenino.
Golpeo las manos, toco fuerte el portón de chapa, grito "¡¡¡Don Pérez!!!", pero ni siquiera ladra un perro. Mientras estuve ahí, dos personas más fueron a buscarlo. Este debe ser bueno, dije.
Por eso volví temprano al día siguiente. Tilcara es, a mi parecer, el "Carlos Paz" de la Quebrada de Humahuaca, y como mero observador me impactan algunos contrastes que veo en las calles.
Tomo nota.
[Una niña de piel blanca y ojos azules encabeza un grupo de tres, sonriente, ofreciendo buñuelos fritos. Al último, cierra la fila otra de piel más oscura, en silencio, con un plato lleno de porciones de pizza y son las diez de la mañana].
[Dos turistas entran caminando a Tilcara por la calle principal. Uno de ellos saca el celular y le dice a su amigo que se apure y camine detrás de dos hombres que son nativos y van rumbo al trabajo, con mamelucos puestos. Filma o le saca una foto].
Pero no me detengo. Estoy pensando en Don Pérez. Hasta me imaginé su cara y su forma de vestir. Finalmente lo encuentro y le explico la situación. Son la once de la mañana y el hombre, encorvado y con manos de herrero, me dice que para las tres de la tarde va a estar listo.
No suelda más con aluminio, pero después de estudiar el caso me aseguró que podía fabricar una pieza para agarrar las dos partes del cuadro y que quede firme. "Yo confío en usted, Don Pérez", le dije y también me lo decía a mi mismo para no perder el optimismo que necesitaba más que nunca.
Por suerte, mientras transcurren estos días, encontré un hogar. Se trata de "El Refugio", un espacio en Huacalera que no te recibe, te abraza. Tami y Gabi son guardianas de estas tierras en las que se cultivan alimentos y es al mismo tiempo nutrición comunitaria.
Aba, ajo, cebolla, distintos tipos de maíz, porotos, son algunas de las variedades que tienen lugar entre los surcos regados por la acequia. Después de las tareas del día, cada una descansa en su propia casa y, al día siguiente, cuando despierten, seguramente Wilson ya prendió el fueguito de todas las mañanas.
Es un voluntario uruguayo que hace ya tres meses habita El Refugio. Un lugar donde circulan música, testigo de encuentros y celebraciones. También cuenta con una habitación con baño privado para quien se anime a la experiencia en este entorno natural, rodeado de cerros y agua pura.
Siento que conozco a esta gente desde hace mucho tiempo, aunque nos acabamos de conocer. Don Pérez ya hizo su trabajo y mi bici está lista para seguir. ¿Y yo? Esta vez, la energía de avanzar puede esperar dos días más, porque es el cumple de Clementina y lo festeja en El Refugio. Un fogoncito para calentar el alma. Música para fortalecer.
EL OLOR DE LOS DOMINGOS
Wilson prende la cocina a leña. Huele a pan duro quemándose sobre una brasa para espantar mosquitos en el patio de mi abuela. Es la última luz de la tarde del domingo. Una glándula, la nostalgia. Un nudo en la garganta. ¿Por donde sale? Mastico los recuerdos, soplo y se hacen letras. Mejor afuera que adentro.
Y pienso a donde voy a estar el próximo domingo, cuando extrañe a mi familia y se hagan las cinco de la tarde. Me cuelgo mirando a la nada, haciendo rollitos con mi barba, hundido en el corazón del adobe que el revoque caído dejó al descubierto.
Mañana no habrá charla con Wilson, al lado del fueguito, mientras calentamos el agua para el primer mate del día. Me voy. Aunque a mí me gusta decir "sigo". Porque en estos sitios donde se siente el calor de hogar, algo de mí se queda. No sé por cuanto tiempo, pero ahí permanezco algunos amaneceres más, escuchando a Wilson recitar la letra de alguna canción uruguaya.
Es tan fuerte el deseo de avanzar. El tener en claro lo que quiero, que equilibra este sentimiento de arraigo, este fuego del encuentro.
Un patio de tierra para mojar y barrer. Y sentir ese olor a suelo bañado que había en los predios de verano cuando íbamos de campamento en la camioneta de la sodería con mi madre y mi padre.
Barriendo un piso de tierra entre cerros rojos, jugando a tejer muchas familias. Jugando a volver a oler ese pasto húmedo del club de verano. Bancandome la nostalgia. Abrazándola.
¿Cuántos patios más voy a barrer? Y despedidas me van a costar. Me acuerdo de Kusch cuando se sentía en ese triste papel del técnico que estudia las religiones sin creer en ninguna. Soy este personaje que adopto en cada lugar, sin dejar de ser yo. Jugando. Soy este que riega y barre muchos patios, pero no se queda en ninguno.
Las estadías largas me permiten estar. Me entero al último que por Huacalera pasa el trópico de capricornio y que hay un monumento en la marca. Prefiero esta foto. La de saber cómo son los días en una casa, en un refugio en la Quebrada de la Huerta.
Estoy a 2800 metros sobre el nivel del mar. Y a unos años de distancia. Pero hoy es domingo y son más de las seis de la tarde y esas olas rompen y me salpican el alma.
Viejo como el mar
que lejos se ve
Yo no sé que tiene,
pero viene y cuando te moja los pies
te vas con él.
Duratierra
Me tomo un momento para la última miradita al cerro. Otra vez recuerdo las palabras Kusch. En la ciudad, diríamos "que hermoso". En cambio, en el altiplano nos callamos.
"Alguien dijo que los adjetivos son antiguos dioses o grandes impresiones quen han perdido su vigencia en medio de la gran ciudad".
"Eso ocurre porque nuestra ciudad, aunque es muy grande, resulta demasiado pequeña para contener a los dioses. Y en cambio, en el altiplano, sobra lugar para que los dioses paseen libremente".
¿Y el altiplano? Allá voy. Dice Kusch que es el lado oscuro de nuestra personalidad. Y lo oscuro nos asusta. Por eso dejamos prendida la luz de afuera de la casa cuando nos vamos por mucho tiempo, aunque sepamos que eso, más que prevención, es una verificación de que no hay nadie.
Como quien se ilumina para afuera para decir que adentro no hay nada; o nadie.
Los relatos a pedal pueden ser leídos en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo y espacio.
Entre lo que veo, lo que escribo y lo que comparto, transcurre el tiempo suficiente para que el acto de publicar no condicione mis vivencias.
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Estas historias son parte de mi viaje que duró 110 días, saliendo de las Sierras de Córdoba hasta Oruro, Bolivia.
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