Por segundo día consecutivo entro al templo del Señor de Quillacas. Huele a flores nuevas y la memoria del olfato me lleva a los velorios.
Pero aquí no se respira muerte, más bien todo lo contrario. El pueblo levanta vida muy lentamente a seis días de la fiesta, la gran fiesta de los peregrinos.
Primero llegan las personas que van a vender. Dicen que hay que comprar una casita o un auto en miniatura, o un mini hogar que contenga un vehículo, para pedirle al Señor que le conceda. Desde esas maquetas, velones, cadenitas, dinero de cotillón, y una gran variedad de ofrendas y recuerdos exhiben las tiendas montadas para la ocasión.
Si se quiere viajar, hay que comprar un pasaporte en miniatura con su respectiva Visa y un par de dólares. Lo mismo ocurre con un juicio que se quiera ganar, un matrimonio que se quiera concretar y así con la salud, los estudios, los negocios, etc.
En el templo, el altar es imponente y se ven flores de varios colores. Quiero encontrarme a alguien que me explique por qué hay una roca gigante con alambre perimetral, justo al lado del santuario ubicado en la cumbre del cerro más alto de acá: el San Juan Mallku, a 3970 metros sobre el nivel del mar.
De momentos pensé que esa piedra algo tiene que ver con la historia religiosa de este pueblo que hoy lleva el nombre de "Santuario de Quillacas," a partir de un suceso en el 1700.
Sin embargo, su fundación nos remonta al año 1501, antes del desembarco masivo de los españoles y el inicio del genocidio que luego llamaron "descubrimiento de América ". El "juez visitador" español José de la Vega Alvarado sentó las bases formales de una comunidad que ya existía. En este sentido, el acto fundacional entra en tensión, igual que el hecho de "descubrir" un continente. Incluso esta celebración religiosa que estoy por presenciar entra en tensión histórica si así lo quisiéramos ver, pero una amiga me enseñó que a los lugares no se llega queriendo imponer lógicas qué no me pertenecen.
En este pueblo de Bolivia, como en gran parte del país, si bien hay una conciencia sobre esto, jamás se pone en boca. Sobre esta mixtura entre lo originario -lo primordial- y lo colonial ya no se habla. Simplemente se vive. Las jornadas son muy largas y hay demasiado trabajo por hacer como para detenerse a analizar, como lo haríamos en un café, un par de egresados universitarios blancos, mientras nuestros padres juntan el dinero para pagar los estudios.
Las cholas son las primeras en levantarse y las últimas en irse a descansar. "Ahora qué más hay que hacer", dice una de ellas a las tres de la tarde, después de haberse levantado a las cinco de la mañana a preparar comida para 600 personas. Es el 40° aniversario de la escuela de Quillacas y vinieron estudiantes de varios lados a pasar el fin de semana y participar de las fiestas. Ahí almorcé un plato que, salvo el arroz, estaba compuesto íntegramente por comida producida en el pueblo. Papa, chuño (otra variedad que sufre un proceso de secado con la helada del invierno) y picante de cordero.
El potencial de la Quinua -el "Grano de Oro de los Andes"- y la minería fueron el motivo por el cual los invasores pusieron el ojo en la zona. Además, parte del material rocoso encontrado en el sitio proviene de meteoritos y eso mismo usaron para construir el templo religioso, entre otras piedras.
POR QUÉ VOLVÍ A REZAR EN QUILLACAS
Un peón debía llevar una recua de mulas desde lo que hoy conocemos como Argentina hacia el pueblo de Huari, en el corazón del altiplano boliviano. Al encontrarse en la zona antes de lo previsto, decide ir a beber a una pulpería hasta quedarse dormido. Al despertar, los animales no estaban.
Subió a un cerro para tener mayor amplitud de vista, pero no tuvo suerte. Cuando se volvía sobre sus pasos, un anciano de avanzada edad al que le cuenta la situación, le recomienda que siga subiendo, que desde más arriba seguro iba a verlos.
Y así fue. El anciano le pidió al hombre que después de cumplir con la entrega de los animales, vuelva a ese sitio donde el vivía para traerle un poco de coca e incienso.
El peón obedeció con ganas y regresó lo más rápido que pudo, pero al llegar al lugar no encontró al anciano, sino la imagen de cristo crucificado.
A partir de ahí, la leyenda cuenta que el trabajador bajó asustado y sorprendido a avisarle a todo el pueblo sobre el hallazgo. Pidió pasar la noche a solas con la imagen y entre sueños escuchó la orden del hijo de Dios para que vuelva con toda su familia al pueblo y construya un templo en su nombre.
El libro de rezos donde leí esta historia asegura que el cuerpo del peón y sus familiares yacen a metros del altar del templo de Quillacas.
En vísperas del 14 de septiembre, Quillacas trae a sus antiguos pobladores a ocupar sus casas para vender algo. Generalmente, comida. Otros, los que viven permanente, vacían sus hogares para alquilar las piezas. Vienen fieles de distintas partes de Bolivia y también del norte argentino.
Antes me senté en la primera fila para dejarme impresionar por el frío, los aromas y el silencio profundo. Ahora me siento en uno de los bancos de madera a media distancia del altar. Me llama la atención una casualidad. Tiene tallada el apellido de la familia que lo donó y el año, que coincide con el de mi nacimiento.
Hace 32 años. Cuando se cumplían 500 desde la llegada de los españoles a estas tierras. Genocidio le llamo. Ese combo que trajo incluyó este culto.
A pesar de que internamente me animo a cuestionar, desde ahí mismo me surge una pregunta: ¿por qué volví a rezar en Quillacas?
Es domingo y empiezo a pedalear temprano desde Río Mulato hacia mi destino. Me despido de Susy que me regaló todas las comidas mientras acampaba atrás de los baños públicos, cerquita de la ruta, y saludo a Henry, un médico que es su pareja y le ayuda en el puesto de comidas.
Llego al mediodía a Sevaruyo y mi idea es hacer noche acá. El sol me parte la cabeza y tengo hambre, así que voy derecho a uno de los puestitos al lado de la vía y consigo un plato con arroz, dos variedades de papa y un poco de cebolla. Le comento a un señor que quiero ir a Quillacas mañana.
"Mira, Emiliano, yo te aconsejo que llegues hoy. Aquí no es lindo y hace más frío. Pero no vayas por el asfalto, ve por el camino de tierra"
Por tierra son 16 kilómetros, por asfalto 42. Decido tomar el consejo de Sandro y evitar la noche en Sevaruyo. Pero en el camino me encuentro otro hombre que me asegura que voy a tener que caminar con la bici al lado, que es pura arena.
Sigo. A pesar de que a lo lejos puedo ver una columna de viento y tierra. ¿Por qué? Quizá, este Sandro me habilitó el camino de mi propia peregrinación. Efectivamente, la bici se enterraba en el arenal y habré pedaleado la mitad de los 16 kilómetros, de forma intermitente.
Hasta que en un momento me vi inmerso en la nube de polvo y arena. La vegetación es meramente arbustiva y no hay reparo posible, tampoco me conviene detenerme en el medio de la nada. Agacho la cabeza, entrecierro los ojos para que no me entre arena y avanzo lento.
De pronto, el cerro que tengo al frente y que es la referencia del pueblo deja de estar en mi campo visual. Apenas puedo ver mis pies y la bici. Avanzo con los ojos cerrados pisando el bordecito del camino. Hasta que no doy más. Empiezan a caer unas gotas y cuando miro mi rompevientos las veo convertidas en barro.
Camino un poco más. La bici se me hace cada vez más pesada. Cuando deja de gotear el viento es insoportable y cuesta respirar. Freno. Me pongo de espaldas y apoyo mis brazos en la bici y la frente en mis brazos. Enojarme no me aportaba ni tampoco llorar.
Ahí está el rezo. Me vi cargando mi bicicleta como mi propia cruz. Una verdadera peregrinación en la que me repito una y otra vez: "ya aprendí" y pido llegar sano y salvo al pueblo. Tengo la conciencia de estar viviendo una futura anécdota, pero todavía no le puedo sacar el drama y verla así.
Dice Kusch que el Altiplano representa la parte oscura de nuestra personalidad. Me acuerdo de esto cuando llego a Quillacas rendido, con hambre y mucho frío, mientras empieza a oscurecer. Los peñascos al pie del Cerro San Juan Mallku me resultan sombríos y tengo que cambiar mi actitud porque todavía hay una misión: conseguir un lugar para dormir.
La mayoría de las puertas tiene candado puesto. Golpeo donde hay vehículos afuera, pero nadie sale. Es tétrica la situación y, encima, es domingo. La estoy viendo oscura. No es una opción dormir en mi carpa. En total fueron 60 kilómetros y los últimos 10 en plena tormenta de arena.
Una señora que encuentro en la calle me señala la casa de un hombre que aloja gente. Me hace pasar y me muestra el baño, inmundo y con el tacho rebalsado de papeles con bosta. No hay ducha. Ni siquiera con agua fría. Después me enteré que en Quillacas no hay duchas. Pero acá ni si quiera había un fuentón, nada.
La habitación es una película de terror. Entro con mi bici y salgo caminando a buscar comida con la esperanza de encontrar algo mejor. Hago dos cuadras y toco el timbre de una tienda. Empiezo a hablarle al hombre que atiende pero es sordo. Levanto la voz, totalmente desmoralizado y triste, y una señora que pasa por la calle escucha mi discurso.
A esta altura confieso estar desesperado por un baño de agua caliente, una cama y un plato de comida. Me largo a llorar, me siento desamparado y la mujer lo nota. Entonces lo convence al dueño de la tienda que me haga un lugar en su casa.
Leoncio y su hija, Neyda, me dan alojamiento y en menos de dos horas estoy bañado, comido y viendo el desfile por el aniversario de la escuela. El mecanismo para "lavarse" consiste en calentar agua en una olla y agregarla a un balde, para después usarla con la ayuda de un jarrito. La puerta del baño me llega a los hombros y el techo es muy bajito. Me arrodillo con devoción ante el agua caliente que me quita todo el día de encima, me aleja del trauma y me acerca a la anécdota.
CÓMO ES IR AL CIELO
En unos días es la gran fiesta de fé al Señor de Quillacas y de a poco va llegando la gente que vende. La calle se convierte en mi espacio de confort y empiezo a conocer a las doñitas de las tiendas. No es capricho mío nombrarlas así, sino que ellas mismas se presentan cuando le pregunto el nombre. Doña Salomé, Doña Aleja, Doña Eufrasia.
El pueblo es muy chico entonces nos vamos a ver las caras bastante seguido. Yo soy el "gringo" de campera celeste. Entre risas, les quiero convencer que así se les dice a los del norte, pero no hay caso. Incluso, para molestarme un poco y reírnos todos de eso, me saludan en inglés.
Eso me pone en una situación difícil a la hora de regatear los precios. Es la cultura de acá. Leoncio y Neyda abren su almacén para esta semana de movimiento y mientras yo lavo la ropa (impregnada de tierra y arena) escucho como marcan los precios de los productos. "5 para 4,50", "15 para 12" y así. El regateo ya está previsto, pero no aplica para los productos de la compañía Coca Cola, que aumentaron abruptamente. Una botella de agua de dos litros sale lo mismo que un almuerzo.
Salgo a buscar la versión local de la historia del "Tata Quillacas", como le dicen aquí, pero es curioso, nadie sabe bien. Tampoco encontré la tumba del peón cuando entré al templo, aunque un señor me aseguró que están debajo de la edificación.
Todos los años sucede que los pobladores están más concentrados en las ventas que en el ritual mismo y no todos son devotos. Para los que si lo son, les espera una misa especial cuando pase la fiesta.
Son las siete y media de la mañana y un hombre pide cerveza negra. Se lo nota ansioso. Acompaña a la hija y al novio de ella.
La chica mira con asombro una imagen del Señor de Quillacas que cuesta unos cien dólares. Le cuenta al dueño de la tienda que en la casa tiene una parecida que trajo de Río Gallegos, en la Patagonia Argentina, y él finge interés para tratar de vender la cruz más cara de todas.
Su novio no opina ni emite palabras. El suegro va a pagar la compra. Promete transferir y le ordena a la pareja que haga bendecir la imagen.
Estoy casi sin dormir y las escenas entran a mí como si estuviera en un sueño. O una pesadilla, todavía no lo sé. Ayer me ofrecí a atender el puesto de Doña Rosa y Don Bony cuando escuché que comentaban que sus hijas no iban a venir a ayudarles.
Estaba muy frío. Rosa me invitó a pasar adentro y me convidó té y pan. Charlamos para pasar el tiempo, me pareció muy amable y ví una buena oportunidad de 'camuflarme' para estar más cerca de la gente. "Que cara de argentino tienes", me dijeron varias veces. Con mis casi dos metros de altura me imposible escabullirme de mi condición de "gringo", pero el camuflaje funciona distinto esta vez.
La tienda está justo en la puerta de entrada de la iglesia y me habilita un espacio al reparo, con agua caliente y un patio para hacer pis. Me permite llenarme los ojos de cronista mientras parece que vendo urnas, cuadros y rosarios, en vez de ser el gringo de campera celeste que camina lento durante todo el día por el pueblo.
Más cerca de la fecha, aumenta la concurrencia y el acto de fé empieza con "la penitencia". Empiezan a entrar de rodillas al templo y dan tres vueltas al rededor del Calvario que se encuentra justo antes de la puerta principal. Después de eso, se sube al "cielo". Es el ascenso al cerro más alto del poblado, el San Juan Mallku, en cuya cumbre está el Santuario.
La celebración esta teñida de Carnaval. Llegan más devotos. La mayoría son del norte argentino y copan el poblado. "Ahí estan tus paisas", me dicen los amigos que me hice.
Pero el entorno cambia notablemete cuando arriban los peregrinos bolivianos. Las calles se llenan de colores.
Vienen en grupo y cada uno tiene su estandarte, algunos visten igual, como en las comparsas, y los acompaña una banda con vientos, redoblante y tambores. También llegan sikuris.
Desde donde están alojados (o simplemente estacionados, porque mucho no se duerme) salen en procesión hacia la Iglesia a "cumplir" con la penitencia. Después de eso, empieza el ascens. Pero antes, en la base del cerro, se realiza el primero de los ritos que consiste en escarbar con las manos en un montículo de tierra empastada con bebidas alcohólicas y hojas de coca hasta encontrar una moneda.
Mientras algunos buscan ser tocados por la suerte, a unos pocos metros, varias cholitas usan una piedra como martillo para sacar pedacitos de una roca que representa la plata. Los envuelven en un aguayo para llevarlos arriba. Es lo que antes se hacía con la piedra enjaulada de la cima.
Resulta que, cierta vez, alguien sacó un pedazo de ese material confiando que iba a atraer dinero y parece que funcionó. Al enterarse de esto, mucha gente copió la práctica y tuvieron que alambrarla para que no la desbasten.
El sendero de ese cerro representa el vía crucis y en la parte alta hay una curiosa construcción que forma parte de otro ritual. Se trata de un doble arco de piedra que llaman Suthuña (agujero) por donde los fieles deben pasar en cuatro patas. Si la persona se queda encajada, tendrá un mal año. Aseguran que no influye la contextura física y que han visto pasar a personas robustas, mientras que otras más delgadas que se quedaron trancadas.
"Analizando con detenimiento y causa, es creer o no creer", remata Don René, el poblador que me explicó el rito.
Una vez arriba, las agrupaciones de devotos permanecen soportando el penetrante sol de la siesta, rezando y bebiendo, siempre en abundancia. Se ofrenda mucho alcohol, hojas de coca y papel picado, que aquí lo llaman "mistura". Hay un gran punto de encuentro entre este rito católico y ceremonias como la corpachada, el acto de darle de comer a la tierra cada agosto.
Entre devotos se llaman "compañera" y "compañero". Hay al mismo tiempo un sentido de comunión y un estricto ritual que comprende únicamente a cada familia o agrupación en particular. Algunos se nombran como cofradía.
Son "pasantes" quienes encabezan el acto de fé y representan a cada grupo, incluso algunas parejas aprovechan la fecha para unirse en matrimonio, empezando la celebración en Quillacas y continuandola en sus pueblos.
Al igual que en las comparsas argentinas (donde se nombra así al bailarín o bailarina estrella), llevan pancartas o estandartes con sus nombres, el lugar de origen y el año. Siempre acompaña la frase "a devoción del Señor de Quillacas".
Arriba, cada núcleo familiar que acompaña a los pasantes, lleva sus ofrendas envueltas en un aguayo. Todo lo que quieren conseguir o que sea próspero. Casa, auto, finca, lo que sea, representado con las maquetas que se venden en el pueblo. Y si alguien se olvidó de comprar, no se preocupe, aquí arriba también le vendemos, incluso hay más variedad. Miniaturas de ferretería, verdularías, animales, edificios, un gran etcétera. Buscan un lugarcito cerca de la cumbre, abren la tela y montan su ofrenda para chayarla, acto que consiste tirarle tres chorros de cerveza y fé, muchísima fé.
La bajada es la parte más peligrosa. El sol partiendome la cabeza, las decenas de personas preguntándome de dónde vengo y a dónde voy, la cerveza tibia, diferentes músicas sonando al mismo tiempo y mi asombro original. Ese acto que Kusch menciona como único e irreproducible, que jamás podremos representar en una foto. Como dice él, ese instante en el que todavía no se si lo que veo es un árbol o un indio.
Después de dos horas escuchando historias ajenas donde la desgracia está arraigada, abrazo a Don René y bajamos. El señor se resbala dos veces y yo lo sostengo fuerte. Vamos detrás de los sikuris y yo me aseguro de que el no se caiga ni me haga caer. Y me tomo un momento para dar la última miradita al pueblo desde arriba. Me prometo no olvidarme nunca de todo lo que hice para llegar hasta acá.
LAS MIL CARAS DE LA FE
Abajo, en el pueblo, la casa parroquial parece la boletería de un estadio. Las secretarias anotan los nombres de los fieles para incluirlos en la misa, a 10 pesos bolivianos. Para bendecir el vehículo hay que estacionarlo en la cancha de fútbol y pagar 30 bolivianos. Todo tiene un valor. Y todos quieren que su nombre se escuche en la misa central, mañana, el día del Tata Quillacas.
Están quienes ayunan el día anterior a la fecha de la fiesta. Doña Aleja me cuenta que ya abandonó esa práctica porque se mareaba. "Cuando uno ayuna está más cerca de Dios", me dice.
Me doy cuenta que hoy, el día de la fiesta, todo va a pasar de manera espontánea y me entrego a eso. Después de tomarme un té calentito en el depósito que transformaron en cuarto para alquilarme por estos días, pongo un pie en la calle y una sensación de paz me invade cuando escucho un sonido que desentona en un ambiente que desde hace siete días es ensordecedor. En medio de trompetas y bombos, un dúo de charango y guitarra encabeza un grupo de gente que avanza despacio hacia el templo, interpretando una melodía distinta a la que se escucha repetitivamente desde hace una semana.
El señor de la guitarra me mira y me hace un gesto con la cabeza. "Venga, vamos a la misa".
Hoy se hace en el patio de la iglesia, por la cantidad de gente. Como el resto de los días, no empieza puntual. Al presbítero Óscar lo acompaña el obispo y una cuadrilla de monaguillos distribuidos en el predio con sendos baldes de plástico llenos de agua bendita para cumplir la voluntad de los fieles de bendecir sus pertenencias.
El ambiente claramente es festivo, casi futbolero, hay una comunión importante y al mismo tiempo cada grupo es un núcleo de creencias que se cierra al resto. Son como bombas pequeñitas que explotan de colores y música, sin importar que la autoridad religiosa acaba de empezar la celebración.
Óscar propone una misa interactiva, donde él pregunta y los fieles responden. La dinámica es idéntica a semana previa a la fiesta, incluso usa las mismas palabras.
El entorno es una "misa ricotera" que muerde a pellizcos la historia oficial para volver a amasar con esos pedazos la gran historia. En pleno discurso se siente llegar (impuntual) una orquesta que obliga a parar la ceremonia y, a pesar de las advertencias de los presentes, no cesa de tocar hasta terminar la canción.
La recaudación de la parroquia es abultada y así mismo el sonido que contrataron no alcanza para que todo el público escuche. La gente de atrás, no se está enterando de nada.
Yo estoy desconcertado. Me siento en un banquito con una doña que vende refrescos de canela y conversamos sobre esto. Le pregunto qué piensa sobre el hecho de que el cura este hablando y haya gente tocando sus instrumentos. "Ya nadie respeta. Nosotros estamos aquí hablando ahora mientras el está dando la misa".
Me pongo a pensar sobre esta forma de manifestar la fé. Encuentro algo. El catolicismo fue aquí impuesto a sangre y espada, pero también fue abrazado. Es esta mixtura que hoy convive en nuestros pueblos. Es este hedor americano que postuló Rodolfo Kusch, en oposición a la pulcritud de occidente.
"[...] el hedor se da aquí como un retorno a la interioridad, como quien se asoma al hediento inconsciente para empezar todo de nuevo".
Qué se yo. ¿Qué se yo? No me gusta pensar en venganzas ni en saltar sobre un dolor que lleva más de cinco siglos. Más bien, creo que cada vez que la vendedora de helados hace sonar la bocina de su carrito mientras habla el cura, es el hedor americano que se manifiesta con una mueca de burla hacia esa pulcritud occidental.
Algo parecido sucede con la burla a este "gringo" que niega tal condición. Es el único término que entiendo entre el aymara que hablan entre ellos, una banda de Cacachaca, el "méxico chico" de Bolivia. Será que estoy negando la historia al no reconocerme así. Me río con ellos y al mismo tiempo acumulo, aguanto y no soporto más al que esta borracho y me habla en inglés, después imita la tonada chilena y por último dice "Papa de Messi" de forma repetitiva e incoherente.
Pero tengo bien en claro la consigna. El que se enoja, pierde. Y ya perdimos demasiado. Como dijo la señora Eli, bastante ebria y descargando conmigo todas sus angustias empezando por su avanzada diabetes: "El mundo está cansado".
Aguanto porque es poco lo que tengo en la mochila. Si. Me hartaron los borrachos. Pero pienso cuál será el hartazgo de ellos. ¿Por qué la señora Eli no para de beber y me cuenta una tras otras las desdichas? Y la prima me dice que un hijo suyo se murió. Eli, sin filtro, me hace saber que en circunstancias sospechosas.
Si el mundo está cansado, qué mejor que descansar. ¿De qué? De lo que haga falta. Sentado en esta sombra con la señora de los refrescos, elijo relajar mis pensamientos y dejar de intentar encajarlos en este trozo de historia que es la escena que tengo ante mis ojos.
Otra vez, me invade una conmoción que me hace saltar lágrimas. Ya no me interesa contrastar las versiones de la historia del Santuario, ni tampoco entender por qué esto se parece más a un estadio de fútbol que a una Iglesia. Lo único verdadero es que hay miles de personas con su energía puesta en una forma de fé hacia una figura puntual, todas en un mismo lugar y tiempo, que les ayuda a transitar el camino.
El presente es duro aquí, pero es más simple. Un hoy de sol y comida, de fé y bebidas; de trabajo extenso como forma de vida.
Esta vez, más que seguir, siento que me voy. Don Orlando, un gran amigo que me dejó Quillacas, me pide que de una vuelta a la plaza antes de salir a la ruta, para saludarme desde su puesto, en la feria del frente. Se suman el resto de los feriantes y se me hace un nudo en la garganta.
Hoy es el cumpleaños de mi papá. Que no es canoso, tiene una luna en la cabeza. Empiezo a pedalear con una mezcla de sentimientos y por primera vez en estos tres meses de viaje me parece absurdo avanzar. Se me viene una pregunta. ¿Qué más quiero?
No sé en qué dirección está esa respuesta. Pero ahí voy, a encontrarla.
Los relatos a pedal pueden ser leídos en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo y espacio.
Entre lo que veo, lo que escribo y lo que comparto, transcurre el tiempo suficiente para que el acto de publicar no condicione mis vivencias.
Con tu apoyo, estas colaborando con la escritura autogestiva. Estas historias son parte de mi viaje que duró 110 días, saliendo de las Sierras de Córdoba hasta Oruro, Bolivia.
ALIAS M.PAGO:
emi.eandi
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