Empiezo a pedalear y siento que avanzo sin sentido. No me había pasado nunca en todo el viaje.Voy rumbo a Oururo, en Bolivia, donde un lugareño me espera en su casa para estar unos días.
Pero la ciudad es un caos vehicular y necesito escucharme para saber cómo o por qué seguir. Entonces hago un repaso rápido del proceso de este viaje para ayudarme en esa escucha interna.
Vivía en Traslasierras, Córdoba, en un entorno natural que me asombraba cada nuevo día.
Sin embargo, dentro mío se gestaba una incomodidad que no me dejaba encontrarle sentido a lo que estaba haciendo.
Sumado a eso, el contexto económico era trabajar para pagarme la comida. Bastante desesperanzador.
Entré en una confusión que me paralizó en las acciones. Quiero decir, no tomaba decisiones para cambiar lo que no me gustaba en mi vida.
Hasta que un día, Pablo Nicolás Mansilla (@decodificacionemocional) me preguntó: "¿Qué idea de resultado ubicás?" y me quedé sin respuesta. Todos tenemos muy claro lo que queremos, hasta que lo tenemos que decir. Desde su rol como biodecodificador, Pablo me acompañó a tomar una decisión, planificarla, concretarla y sostenerla.
Usamos esta herramienta pensando más en resultados que en las raíces, o sea todas esas trabas que hasta el momento no me dejaban avanzar hacia un sueño que postergué por un par de años: viajar en bici. Entonces empezó mi entrenamiento. Y no hablo de lo físico, sino de todo el resto.
Lo más difícil fue encontrar esa respuesta sobre qué quiero que pase en mi vida, pero el mes que viene, o la próxima semana, no en un futuro lejano e imaginario. Eso requiere de un entrenamiento ordenado y metódico. Escucharse no es moco de pavo.
No vale decir "ser feliz", sino dar respuestas que apunten a las responsabilidades, hacerse cargo de esas decisiones y empezar a materializarlas, desde lo más sutil.
Si me preguntan, ¿Qué fue lo más difícil de este viaje de 110 días en bici? Empezarlo. Cada vez que le contaba a alguien el proyecto que tenía era también una forma de escucharme y hacerme cargo de lo que quería, por más miedo que me diera.
Empiezo el viaje, pero el entrenamiento siguió y a medida que avanzo en ambas cosas a la vez, me doy cuenta de la fuerza que tiene nombrar las cosas. O sea, si nos cuesta decir lo que queremos, imagínense lo que va a costar hacer. Entonces lo urgente es empezar a revertir eso desde lo más sutil que es la palabra, para que los actos sean consecuencia de lo que sale de nuestra boca.
Mentiría si digo que es sencillo, pero Pablo me enseñó que "lo más difícil es darse cuenta lo fácil que es". A lo que agrego, lo difícil que es filtrar lo que nos pertenece de lo que decide por nosotros.
Una vez tomada la decisión, sabía que lo que tenía por delante era algo incómodo, un terreno inseguro en el que es mejor entrar con mucha seguridad. Ir seguro a lo inseguro. Otra gran enseñanza de este proceso que inicié con Pablo. Eso sí. También hay que decir que lo que viene sí o sí mejor que antes.
Decir lo que quiero es la manera de ordenar mi mundo a través de la palabra. Una máxima que tengo a mano ahora y para siempre.
Desde el principio entendí este proceso como un entrenamiento en el que siempre se puede ir por un poquito más, al igual que sucede con el físico cuando queremos superarnos. Esto es igual. Es como si todos los días levantamos un poquito más de peso en nuestro entrenamiento emocional.
Y esa actitud me ayudó a que el conocimiento se acumule y no tener que empezar de cero cada vez. Así, las “recaídas” emocionales que antes me duraban semanas o meses, ahora solo un par de horas. No se trata de negarlas ni dejar de ser yo, sino que ahora tengo muchas herramientas a mano para pararme frente a las situaciones que me atraviesan. Todo esto lo aprendí con Pablo gracias a su método de trabajo.
Vuelvo a la escena en Oruro, Bolivia. Ya van 110 días de viaje y todos los motivos que encuentro para seguir, no son míos. Aprendí a detectar las vías de influencia externas a través del trabajo de decodificación emocional que llevo adelante con Pablo.
Cuando filtré todas esas emociones sólo había una opción. Volver. Alguien me comentó en Facebook diciendo “no te rindas” y es el mejor ejemplo para demostrar lo que estoy diciendo. Esa persona estaba tan ajena a mi interior que interpretó que yo bajé los brazos o tiré la toalla, como dirían en boxeo, pero a mi me causó impresión por lo lejos que estaban mis sentimientos de esa sensación que él tuvo.
¿Por qué volver? Bueno, como primera experiencia viajando en bici, salir de las Sierras de Córdoba y llegar a Bolivia no está nada mal, je. Logré muchas cosas en este viaje. Primero, salir y dejar las excusas. Conocer gente que me cambió la experiencia de cada uno de los lugares por donde pasé, pedalear 1400 kilómetros, superar situaciones que pusieron en riesgo mi viaje en bici, escribir, armar mi marca personal, publicar, financiar mi viaje con mis crónicas, y más.
Conozco a muchas personas que están estancadas en una situación que no les gusta, ya sea personal, laboral, emocional. Siempre remarco la idea de que no se trata de negar las situaciones, sino asumirlas y darle el espacio que cada uno necesite. Pero si no hacemos nada para revertirlas, nadie va a hacerlo por nosotros. Y las herramientas que existen, como la decodificación emocional, están ahí para que nos sirvamos de ellas y las usemos como trampolín hacia una nueva vida.
Personalmente, agradezco, abrazo y recomiendo a Pablo Nicolás como acompañante de este tipo de procesos.
Chamiko es un viaje al interior de uno mismo. Un homenaje a las vidas comunes, que me parecen extraordinarias.
Los relatos a pedal pueden ser leídos en cualquier parte del mundo, en cualquier tiempo y espacio.
Entre lo que veo, lo que escribo y lo que comparto, transcurre el tiempo suficiente para que el acto de publicar no condicione mis vivencias.
Con tu apoyo, estas colaborando con la escritura autogestiva. Estas historias son parte de mi viaje que duró 110 días, saliendo de las Sierras de Córdoba hasta Oruro, Bolivia.
ALIAS M.PAGO:
emi.eandi